Elimina categorías redundantes y evita jerarquías profundas. Con un microcatálogo, tres o cuatro agrupaciones claras suelen bastar para orientar sin distracciones. Prototipa con tarjetas, prueba con usuarios y valida si cada grupo reduce tiempo de búsqueda. Lo esencial: nombrar con lenguaje del cliente y confirmar que nada quede ambiguo.
Prioriza nombres que resuelvan dudas en milisegundos: función, variante principal y beneficio único. Evita florituras internas o códigos crípticos que no comunican valor. Complementa con subtítulos cortos y atributos clave visibles, de modo que la comparación sea inmediata. Cuando el catálogo es reducido, la claridad nominal se vuelve ventaja competitiva tangible.
Utiliza tipografía, peso y espacio para mostrar prioridad sin subrayarlo con complejidad. Títulos, descripciones cortas y llamados discretos deben guiar la vista en una secuencia lógica. Practica la regla de oro: el usuario entiende la estructura antes de leerla por completo. Si tarda, simplifica, reordena y vuelve a probar con nuevas tareas.
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